jueves, 1 de julio de 2010

La cámara de los muertos.

Capítulo VII del libro Jesús en el Templo de Heliópolis, escrito por P.D. Ouspensky.


El curso superior de estudios comenzaba, y Jesús entró e hízose discípulo del hierofante.

El aprendió los secretos de la ciencia mística de la tierra de Egipto; los misterios de la vida y de la muerte y de los mundos que están más allá del disco del sol.

Cuando él hubo terminado todos los estudios del curso superior, fue llevado a la cámara de los muertos, para que pudiera aprender los antiguos métodos seguidos para preservar de la destrucción a los cuerpos de los muertos; y en esa cámara el trabajó.

Y los portadores trajeron el cuerpo del hijo único de una viuda, para ser embalsamado; la madre, llorosa, seguía de cerca el cuerpo; su dolor era grande.

Y Jesús dijo: Buena mujer, seca tus lágrimas; lo que tú vas siguiendo no es sino una casa vacía; tu hijo no está en ella.

Tú lloras, porque tu hijo está muerto. Muerte es una palabra dura; tu hijo no puede morir jamás.

El tuvo una labor que le fue dada a hacer en la vestidura carnal; él vino e hizo su trabajo; y entonces hizo a un lado la carne; él ya no la necesitó más.

Más allá de donde alcanza tu mirada humana, él tiene otro trabajo que hacer, y él lo hará bien; y entonces pasará a otras labores, y, después, alcanzará la corona de la vida perfecta.

Y lo que tu hijo ha hecho, y lo que aún debe hacer, todos nosotros debemos hacerlo.

Ahora bien, si tú albergas el dolor y expresas tus tristezas, ellas serán mayores cada día.

Ellas absorberán tu vida misma, hasta que, por fin, tú no serás más que dolor anegado en amargas lágrimas.

En lugar de ayudarle, tú hieres a tu hijo con tu dolor profundo. El busca consolarte y alegrarte como siempre lo ha hecho; él está contento cuando tú estás contenta; el está entristecido, cuando tú te entregas al dolor.

Ve y entierra tus pesares y sonríe al dolor, y olvídate de ti misma, ayudando a otros a enjugar sus lágrimas.

La mujer llorosa volviese y partió para hallar la felicidad en el servicio a los demás; ella fue a enterrar profundamente sus tristezas en un ministerio de alegría.

Entonces, otros portadores llegaron, trayendo el cuerpo de una madre a la cámara de los muertos; y un solo doliente la seguía: era una niña de tierna edad.

Y cuando el cortejo se acercaba a la puerta, la niña observó a un pájaro herido que se debatía convulso; la flecha de un cruel cazador había traspasado su pecho.

Y ella dejó de seguir a la muerta, y acudió en ayuda del pájaro que aún vivía.

Y Jesús díjole: ¿Por qué abandonas a tu muerta para salvar a un pájaro herido?

La niña exclamó: este cuerpo sin vida, no necesita de mi ayuda alguna; más yo puedo ayudar a aquel en que hay aún vida; mi madre me enseñó esto.

Mi madre me enseñó que el dolor y el amor egoísta, así como las esperanzas y los temores, no son sino reflejos del “yo” inferior.

Que las sensaciones que sentimos no son sino pequeñas ondulaciones sobre la gran ola de la vida.

Todas esas cosas son perecederas; todas ellas son irreales.

Las lágrimas brotan de los corazones de la carne; el espíritu nunca llora; y yo anhelo el día en que he de andar en la luz, en que las lágrimas serán enjugadas.

Mi madre me enseñó que todas las emociones no son otra cosa que el rocío que sube de los amores, esperanzas y temores humanos; ella me enseñó que la perfecta felicidad y bienaventuranza no pueden ser nuestras, sino hasta que hemos vencido todas esas emociones humanas.

Y en presencia de aquella niña Jesús inclinó su cabeza reverentemente. El dijo:

Durante días, meses y años, he tratado de aprender esta elevada verdad que el hombre puede aprender en la tierra, y aquí, una niña, venida ha poco a este mundo, la ha expresado toda en unas cuantas palabras.

No es maravilla que David dijese: ¡OH, Señor, nuestro Señor, cuan excelente es tu nombre en toda la tierra!

De la boca de los pequeños, y de los niños de pecho, has decretado la fuerza.

Y entonces él puso su mano sobre la cabeza de la niña y dijo:

Seguro estoy de que las bendiciones de mi Padre Dios, vendrán sobre ti, ¡OH niña! Y quedarán contigo para siempre.

La Isla Desierta (Leyenda Oriental).

Para compensar los servicios de un esclavo, cierto acaudalado señor le concedió la libertad. Junto con este don, que es el más apreciado por...