jueves, 1 de julio de 2010

La Isla Desierta (Leyenda Oriental).

Para compensar los servicios de un esclavo, cierto acaudalado señor le concedió la libertad. Junto con este don, que es el más apreciado por los hombres, le hizo presente un bajel lleno de valiosas mercancías, para que pudiese comerciar en nuevas tierras y llegar, así, a labrarse una fortuna.

Agradecido el esclavo, besó la orla del manto de su señor y se hizo a la mar. Pero a los pocos días de tranquila navegación, cesó la brisa, tan inconstante como la fortuna, y se desencadenó una violenta tempestad. La nave era como una cáscara de nuez, zarandeada por los vientos huracanados y la agitación de las aguas. Con todo, tras prolongadas horas de angustia, pudo acercarse a la costa; mas cuando ya ésta, como una promesa de salvación, se hallaba muy próxima, el navío fue arrojado por el impetuoso oleaje contra unas rocas, destrozándolo. El mar, inclemente y enfurecido, engulló en su profundo seno las valiosas mercancías y toda la tripulación. Tan solo el antiguo esclavo consiguió, a costa de ímprobos esfuerzos, alcanzar la orilla.

Llegado a ella, quedó tendido por espacio de muchas horas en la playa. Al cabo, el hambre y la sed lo volvieron en sí, y, poniéndose de pie, empezó a avanzar hacia el interior, caminando al azar y lamentándose de su infortunio. Tan exhausto se hallaba, que ya iba a desplomarse de nuevo, en la imposibilidad de proseguir su camino, cuando divisó a lo lejos las murallas de una ciudad. Aquella visión reanimó sus escasas fuerzas; pero no tuvo necesidad de emplearlas en recorrer largo trecho, pues a poco se vio rodeado por un tropel de habitantes de aquella ciudad, quienes lo recibieron con exclamaciones de júbilo. Su sorpresa fue en aumento cuando se oyó llamar rey y se vio colocado en una carroza triunfal, en la que fue conducido, entre vítores y aclamaciones de la multitud, a un magnífico palacio. Una vez allí, lo revistieron con los atavíos y atributos reales -manto de púrpura y corona de oro y piedras preciosas- y lo instalaron en el trono, colocándole en la mano el cetro, símbolo de poder y la autoridad que acababan de serle conferidos.

No es para descrita la perplejidad que embargaba al antiguo esclavo, quien creyó ser presa de una alucinación. Los nobles cortesanos acudieron a rendirle pleitesía y, a continuación, el ejército y todo el pueblo desfilaron ante él, jurándole fidelidad.

Finalmente, cuando condujeron todas aquellas ceremonias, el nuevo rey se quedó a solas con el Gran Visir y le faltó tiempo para preguntarle:

-¿Podéis decirme a qué obedece este extraño recibimiento? ¿Por qué habéis coronado como rey a un pobre náufrago de quien ni siquiera sabíais que existiese?

-Señor -repuso el Gran Visir-, todo tiene una explicación tan sencilla como notable. Habéis de saber que, desde hace mucho tiempo, los moradores de esta isla tienen por costumbre rogar al Todopoderoso que cada año les envíe un nuevo rey.

-¿Por qué cada año?

-Cada año -prosiguió el Gran Visir, sin que al parecer hubiera prestado mucha atención a la pregunta- el Todopoderoso se digna enviarles un ser humano para que los gobierne. Al cabo de ese tiempo, el elegido se ve privado de sus atributos reales y conducido a una isla desierta, donde es abandonado. Cada año se repiten las mismas escenas de coronación y destierro. Ésta es la ley del país y ningún monarca podría abolirla. Todos los reyes elegidos fueron informados, tras su coronación, del triste destino que les aguardaba, pero todos lo echaban en olvido muy pronto, halagados por la autoridad y los placeres que la realeza les permitía.


Muy impresionado quedó el nuevo rey al escuchar las palabras del Gran Visir, y por espacio de varios días no dejó de pensar gravemente en tan contradictoria situación, repitiéndose una y otra vez que cada hora que pasaba le iba acercando al triste y fatal destino.

Obsesionado por tal idea, no gozaba del fausto y las riquezas de que disponía, pensando continuamente en cómo podría librarse del trágico fin a que estaba predestinado. Tras mucho meditar en ello, decidió interrogar nuevamente al Gran Visir.

-¿Sabéis acaso -le dijo- si existe algún medio en virtud del cual pudiera librarme de seguir la misma suerte que mis predecesores?

-Sí, solo uno -respondió el anciano y prudente Gran Visir-.

Vinisteis desnudo a este país, y en el mismo estado seréis conducido a la isla desierta. Mas si en el transcurso de vuestro reinado hacéis todo lo posible por fertilizar y poblar aquellos parajes, cosa que está permitida por la ley, cuando tengáis que morar en ellos os hallaréis en la más ventajosa situación y no deploraréis nunca el azar que os trajo a nuestras playas. Ninguno de los monarcas que os antecedieron se preocupó de hacer tal cosa, dominados como estuvieron todos por la indolencia y los placeres. Y si alguno llegó a pensar en ello, lo fue dejando de un día para otro, perdiéndose al fin, pues el tiempo de que disponía era muy breve.

No cayeron en saco roto las prudentes observaciones del Gran Visir. Sin pérdida de tiempo, el monarca dictó las medidas oportunas para poner en práctica lo que el anciano acababa de aconsejarle. Aunque siguió interviniendo en todos los actos y ceremonias de la corte, no se dejó aprisionar en la red de placeres y seducciones que le brindaba su excepcional situación, y ni por un instante dejó de atender a la empresa de poblar y fertilizar la inhóspita isla.

Llegó, finalmente, el último día de su efímero reinado. Entonces, al igual que quienes le antecedieron en el trono, fue despojado del cetro y la corona; pero, a diferencia de ellos, no experimentó la menor zozobra cuando tuvo que subir al barco que debía conducirlo a aquella isla perdida en la inmensidad. Muy al contrario, parecía estar ansioso de hallarse en ella, como quien camina hacia una aventura mayor. Y, ciertamente, no se engañaba. Apenas hubo puesto el pie en la isla pudo divisar extasiado las feraces campiñas en que, merced a sus solícitos cuidados, se habían convertido aquellos yermos parajes. Inmediatamente se vio rodeado por una alegre multitud que lo aclamó entusiasmada y lo condujo, entre vítores y jubilosas exclamaciones, a un hermosísimo palacio, donde fue investido de nuevo con todos los atributos de la realeza...

Aquel esclavo al que su dueño -Dios- le otorgó la libertad, es el hombre al nacer. La isla a la que llegó tras su naufragio, es la Tierra. Los habitantes que lo reciben gozosos, son sus padres; y el Gran Visir, merced al cual conoce el triste fin a que está destinado, es la Sabiduría. El año de su reinado representa el efímero curso de la vida humana, y la isla desierta a la que es desterrado a continuación, la vida eterna. Mas esa isla, puede ser un renacer, un nuevo reinado, si el hombre, en el curso de su existencia, se preocupa de fertilizarla y poblarla con sus buenas obras, no dejándose dominar nunca por la indolencia y los vanos placeres.

Autor: HERDER (Alemania).

Si... Rudyard Kipling.

Autor: Rudyard Kipling.

Si cuando todo está perdido
puedes el alma levantar,
y aunque los tuyos te denigren
no haces caso de su maldad;

si cuando todos de ti duden
puedes en ti mismo esperar,
sin que la espera te fatigue
ni enflaquezca tu voluntad;

si a la calumnia no respondes,
si te odian y no aprendes a odiar;
si no haces gala de tu ciencia
ni ostentación de tu bondad;

si sueñas y no te dejas
de tus ensueños dominar;
si piensas, mas no consientes
que te esclavice tu pensar;

si ni el triunfo ni la derrota
turban tu serenidad
y a esos dos impostores
los contemplas con rostro igual;

si a los histriones de la plebe
puedes, tranquilo, tolerar
que conviertan en torpe engaño
el esplendor de tu verdad;

si las obras que más amaste
ves derribadas sin piedad,
y tratas con rotos fragmentos
de reconstruir tu ideal;

si de todos tus grandes triunfos
puedes, sereno, hacer un haz,
para aventurarlo sin miedo
a un solo golpe del azar;

si pierdes y no lamentas;
si cuando sientes caducar
tus nervios y tu cerebro,
"¡Firmes!" les grita tu voluntad;

si hablas con las multitudes
sin desmentir tu dignidad,
y puedes tratar con los reyes
sin creerte de estirpe real;

si ni amigos ni detractores
rompen tu ecuanimidad,
y aunque todos contigo cuenten,
nadie te logra cautivar;

si sesenta segundos de avance
te bastaren para saldar
en el balance de tus días
el minuto implacable y fatal...

Cuando a eso llegues y eso alcances,
tuyo el mundo entero será;
y lograrás algo más grande:
hijo mío, un hombre serás.

Traducción de Antonio Gómez Restrepo.

Desiderata. Por Max Ehrmann.

Escucha entonces la sabiduría del sabio:

“Camina plácidamente entre el ruido y las prisas,
y recuerda que la paz puede encontrarse en el silencio.
Mantén buenas relaciones con todos en tanto te sea posible, pero sin transigir.

Di tu verdad tranquila y claramente;
Y escucha a los demás,
incluso al torpe y al ignorante.
Ellos también tienen su historia.

Evita las personas ruidosas y agresivas,
pues son vejaciones para el espíritu.

Si te comparas con los demás,
puedes volverte vanidoso y amargado
porque siempre habrá personas más grandes o más pequeñas que tú.
Disfruta de tus logros, así como de tus planes.

Interésate en tu propia carrera,
por muy humilde que sea;
es un verdadero tesoro en las cambiantes visicitudes del tiempo.

Sé cauto en tus negocios,
porque el mundo está lleno de engaños.
Pero no por esto te ciegues a la virtud que puedas encontrar;
mucha gente lucha por altos ideales
y en todas partes la vida está llena de heroísmo.

Sé tu mismo.
Especialmente no finjas afectos.
Tampoco seas cínico respecto al amor,
porque frente a toda aridez y desencanto,
el amor es tan perenne como la hierba.

Acepta con cariño el consejo de los años,
renunciando con elegancia a las cosas de juventud.

Nutre la fuerza de tu espíritu para que te proteja en la inesperada desgracia,
pero no te angusties con fantasías.
Muchos temores nacen de la fatiga y la soledad.

Más allá de una sana disciplina,
sé amable contigo mismo.
Eres una criatura del universo,
al igual que los árboles y las estrellas;
tienes derecho a estar aquí.
Y, te resulte o no evidente,
sin duda el universo se desenvuelve como debe.

Por lo tanto, mantente en paz con Dios,
de cualquier modo que Le concibas,
y cualesquiera sean tus trabajos y aspiraciones,
mantente en paz con tu alma
en la ruidosa confusión de la vida.

Aún con todas sus farsas, cargas y sueños rotos,
éste sigue siendo un hermoso mundo.
Ten cuidado y esfuérzate en ser feliz”.

Juan Salvador Gaviota (fragmento).

"...La única respuesta que puedo dar, Juan, es que tú eres una gaviota en un millón. La mayoría de nosotros progresamos con mucha lentitud. Pasamos de un mundo a otro casi exactamente igual, olvidando en seguida de donde habíamos venido, sin preocuparnos hacia donde íbamos, viviendo solo el momento presente. ¿Tienes idea de cuántas vidas debimos cruzar antes de que lográramos la primera idea de que hay mas en la vida que comer, luchar. o alcanzar poder en la Bandada? ¡Mil vidas, Juan, diez mil! Y luego cien vidas más hasta que empezamos a aprender que hay algo llamado perfección, y otras cien para comprender que la meta de la vida es encontrar esa perfección y reflejarla. La misma norma se aplica ahora a nosotros, por supuesto: elegimos nuestro mundo venidero mediante lo que hemos aprendido de éste. No aprendas nada, y el próximo será igual que éste, con las mismas limitaciones y pesos de plomo que superar..."

Sobre la Oración. Maurice Nicoll.

Del libro "El nuevo hombre", de Maurice Nicoll.

Refiriéndose a la oración, Cristo dice: "Pedid y se os dará". Pero el hombre debe saber lo que significa pedir. La plegaria es el medio de obtener una respuesta desde un nivel superior del universo, de manera que sus influencias desciendan y penetren momentáneamente lo que es un nivel inferior. Consideremos, pues, lo que significa pedir. Visto con corrección, el universo es la respuesta a una súplica. El hombre de ciencia trabaja confiadamente creyendo que obtendrá una respuesta del universo físico como resultado de sus experimentos, de sus teorías y de sus esfuerzos, los que constituyen la suma de la súplica. Esto es orar en una forma. Esta oración obtiene una respuesta si acierta con el medio adecuado de pedir. Lo que significa que la súplica ha sido formulada bien. Pero dar con una forma adecuada de suplicar es algo que requiere tiempo, trabajo y esfuerzo, y no solamente una "impúdica desvergüenza", sino que también lleva el sentimiento de certeza en lo desconocido, o sea fe. Por ejemplo, mediante sus persistentes ruegos, el hombre de ciencia ha descubierto y ha establecido comunicación entre la vida humana y las fuerzas de la electricidad, de la electromagnética, fuerzas que corresponden a otro mundo, a un inframundo, al orbe de los electrones. Esta es una respuesta a sus súplicas. En cierto sentido, constituye una comunicación con otro mundo.

Así como el hombre de ciencia utiliza un particular modo de oración dirigida al universo natural, eleva su ruego una vez que ha captado la idea de que puede descubrir algo y la siente como una posibilidad; y una vez y otra modifica su súplica por medio de la corrección en los errores que comete en su experimento; emplea todo su ingenio hasta obtener una solución adecuada y que corresponda a su ruego. Igualmente, el hombre que ora al universo espiritual tiene que poseer la misma fe, la misma paciencia, la misma inteligencia y poder de inventiva.

Atención y Consciencia. Ramiro Calle.

La atención es una función espléndida de la mente que permite convertir la vida en un aprendizaje continuado.

Si se consigue estar más consciente uno se da cuenta de lo que ocurre tanto en su interior como en el exterior.

Un magnífico ejercitamiento para desarrollar la atención es “mira lo que pasa en cada momento, atento, liberado de juicios y prejuicios, esperando percibir cada instante como lo que es”.

La mente humana tiende al descuido, al parloteo mental y a la divagación, a pensar en las causas y en las consecuencias del momento presente, en lo que ha llevado a él y en lo que devendrá de él, perdiendo por completo el momento en sí.

Podemos ser conscientes de pensamientos intrusos, viendo cómo surgen y se desvanecen, sin inhibirlos y sin reaccionar ante ellos.

El ejercitamiento de la atención conduce a la persona a una visión de las cosas más penetrante, permite ver a las causas y efectos tal y como realmente son.

La dispersión mental es una característica de la mayoría de las mentes humanas. Resultan necesarios la atención y el esfuerzo consistente para sujetar la mente y enfocarla a la concentración.

La ecuanimidad representa la firmeza mental, el ánimo equilibrado. La persona ecuánime ve los opuestos complementarios, sabe que todas las cosas son mutables y que el cambio es constante, debiéndose considerar por igual victoria y derrota, halago e insulto, encuentro y desencuentro. No se aferra a lo placentero ni odia lo que le produce desagrado.

La mayoría de las personas hablamos y nos expresamos de forma muy mecánica. Hay que adiestrarse para aprender a hablar con consciencia y a estar atento a los actos.

Este mundo no necesita personas con muchos conocimientos sino personas que sepan dirigirse a sí mismas y sepan controlar sus palabras hirientes y sus actos perjudiciales.

Al intensificar la atención liberadora de juicios y prejuicios podremos reeducar la mente y liberarla de hábitos. Será posible corregir o enfriar las reacciones de avidez, aversión, odio, rabia, ira, ... e ir imponiendo a la mente un estado de sosiego y claridad.

Conocimiento y sabiduría son dos cosas diferentes. El conocimiento es información y datos que podemos pasarnos los unos a los otros. La sabiduría es un tipo especial de inteligencia primordial y de claridad mental que nos enseña a vivir de forma armónica, a sentirnos integrados y a saber encontrar la forma de proceder con corrección.

La sabiduría debe encontrarse dentro de uno mismo. No es algo que deba buscarse fuera, aunque cuando uno la encuentra dentro se percibe fuera.

El ego es el sentimiento de individualidad y cuando se sobredimensiona, pierde el sentido del todo, (como si una ola en el océano se creyera totalmente separada de la masa de agua que la contiene).

El ego excesivo es un gran obstáculo en le desarrollo de la persona.

Resulta importante examinar tendencias egocéntricas. Así podemos descubrir: suspicacia, susceptibilidad, rencor, avidez, odio, afán de venganza, soberbia, ...

La atención aplicada a la vida cotidiana consiste en hacer sin precipitación ni obsesión por los resultados. La actividad se convierte en aprendizaje, tanto si se obtiene éxito como si no.

Estando atentos a la vida diaria podemos ser más conscientes de nuestras alteraciones anímicas, nuestros estados mentales y nuestras emociones. El cuidado de la mente conducirá al cuidado de la palabra y al cuidado de la acción.

Corresponde a la persona ahondar en las profundidades de su mente, que es donde se encuentran las raíces (ofuscación, avidez y odio o claridad, generosidad y comprensión).

La atención mental es la herramienta para observarnos y conocernos mejor. Se puede practicar un recogimiento durante diez o quince minutos diarios, impregnando las propias psiques de buenos pensamientos y sentimientos en todas direcciones hacia los seres humanos, (empezando por los más queridos), los animales, las plantas, el planeta y todos los universos, comenzando por sentir un afecto genuino hacia uno mismo e irradiándolo en todas direcciones.

La experiencia demuestra que cuanto más se entrene la persona en el desarrollo de la atención más aprenderá a vivir la acción con atención.

Mediante la práctica meditativa una persona aprende a dominar la mente, a pensar y dejar de pensar, a reorganizar la psique. Se actualizan los factores internos de crecimiento y libertad, se frenan los estados de confusión y se propician los de perspicacia y claridad; se eliminan infinidad de condicionamientos del subconsciente y se estabilizan las emociones.

Para alcanzar ese ejercitamiento mental se comienza por:

- Estabilizar e inmovilizar la postura.

- Ralentizar la respiración.

- Apartar la mente de todo y fijarla en el soporte de la meditación.

- Se dedica unos minutos a sí mismo para entrenarse en la atención consciente.

Hay que tratar de mantener una actitud de firmeza mental, aún cuando surjan molestias en el cuerpo o se produzcan estados mentales de desasosiego, abulia, pereza, agitación, tristeza, apatía, ..

Una sesión de meditación puede durar entre quince minutos y una hora. Por ello, es preferible elegir una habitación tranquila donde poder llevarla a cabo y adoptar una postura (ya sea sentado en una silla o en el suelo) donde cabeza y tronco se mantengan erguidos. Si hay que moverse, los movimientos deben resultar conscientes y lentos. Cada persona irá descubriendo cuáles son los ejercicios que le resultan más provechosos y eficaces, debiendo centrarse en ellos y trabajarlos a fondo, en lugar de ir cambiando a menudo de ejercicios. Por ejemplo, para una sesión de cincuenta minutos se pueden utilizar dos o tres soportes de la atención.

No hay que sentirla nunca como si fuera un deber penoso.

Cualquier hora del día es buena para meditar, pero hay personas que comprueban que si uno se fija un horario es más fácil acometer la práctica.

Ser Consciente (Awareness). Krishnamurti.

Del libro Urge un cambio psicológico, de J. Krishnamurti.

Interlocutor: Me gustaría saber lo que usted quiere decir con ser consciente (awareness) porque ha dicho con frecuencia que el ser consciente es lo que en realidad está envuelto en su enseñanza. He tratado de comprenderlo escuchando sus pláticas y leyendo sus libros, pero parece que no avanzo mucho. Sé que ello no implica una práctica y comprendo por qué usted rechaza tan enfáticamente cualquier práctica, ejercicio, sistema, disciplina o rutina, no importa su naturaleza. Veo la importancia de esto porque de lo contrario la acción se convierte en algo mecánico, y al final la mente se embota y se vuelve estúpida. Me gustaría, si se me permite, que exploremos juntos y hasta su final, lo que significa el ser consciente. Usted parece darle un significado especial y más profundo a esta palabra (awareness), y, sin embargo, me parece que somos conscientes de lo que está pasando todo el tiempo. Sé cuando estoy airado, cuando estoy pesadumbrado y cuando estoy alegre.

Krishnamurti: Me gustaría saber si en realidad somos conscientes de la ira, de la tristeza y de la felicidad. ¿O es que somos conscientes de estas cosas sólo después que han pasado? Vamos a comenzar como si no supiéramos nada en absoluto de ello y empecemos en cero.No hagamos afirmaciones, sean dogmáticas o sutiles, sino exploremos este asunto. Y si lo penetramos con suficiente profundidad, nos revelará un estado extraordinario que la mente probablemente nunca ha alcanzado, o una dimensión de la cual no estamos ni superficialmente conscientes. Comencemos desde lo superficial y trabajemos desde ahí.

Vemos con nuestros ojos, percibimos con nuestros sentidos las cosas que nos rodean –el color de la flor, el colibrí libando la flor, la luz de este sol californiano, los miles de sonidos de diferentes cualidades y sutilezas, la profundidad y la altitud, la sombra del árbol y el árbol mismo. Igualmente sentimos nuestros cuerpos, los cuales son instrumentos de todas estas diferentes clases de percepciones superficiales. Si estas percepciones se mantuvieran en su nivel superficial, no habría confusión de clase alguna. Esa flor, esa trinitaria esa rosa, están ahí, y eso sería todo. En ello no hay preferencia, comparación, aceptación o rechazo; o sea, únicamente la cosa está ante nosotros sin ninguna complicación sicológica. ¿Está bastante claro lo relativo a la percepción sensoria superficial, al ser consciente? Podríamos, mediante el uso de todos los instrumentos de la tecnología moderna, extenderla hasta las estrellas, hasta las profundidades del mar, y hasta las remotas fronteras de la observación científica.

Interlocutor: Si, creo que comprendo eso.

Krishnamurti: Entonces usted ve que la rosa y todo el universo y toda la gente en él, su propia esposa si tiene una, las estrellas, los mares, las montañas, los microbios, los átomos, los neutrones, esta habitación, la puerta, están realmente ahí. Ahora, viene el siguiente paso: lo que usted piensa de estas cosas, o lo que usted siente en relación con ellas es su respuesta sicológica a las mismas. Y a esto lo llamamos pensamiento o emoción. Por lo tanto, el ser consciente, superficialmente es una cosa muy sencilla: la puerta está ahí. Pero la descripción de la puerta no es la puerta, y cuando uno se envuelve emocionalmente en la descripción de ella, no la ve. Esta descripción puede consistir en una palabra, en un tratado científico o en una respuesta emocional intensa; pero nada de eso es la propia puerta. Es muy importante entender esto desde el mismo comienzo. Si no lo comprendemos estaremos cada vez más y más confundidos. La descripción nunca es lo descrito. Aún cuando estemos describiendo algo ahora mismo y tengamos que hacerlo, la cosa que describimos no es nuestra descripción de ella. Es pues, necesario, que tengamos esto en mente durante nuestra conversación. Nunca confunda la palabra con la cosa que ésta describe. La palabra nunca es lo real, y nos desorientamos fácilmente cuando llegamos a la nueva faceta del ser conscientes, pues ante ella reaccionamos de un modo personal o emocional.

Así que existe la percepción superficial del árbol, del pájaro, de la puerta, y también existe la respuesta a ello, la cual es pensamiento, sentimiento, emoción. Ahora bien, cuando somos conscientes de nuestra respuesta, podemos llamarla una segunda profundidad del ser consciente. Podemos ser conscientes de la rosa, ser conscientes de la reacción o respuesta a la rosa. Con frecuencia no nos damos cuenta de esta respuesta a la flor. En realidad es el mismo estado de sensibilidad el que ve la rosa y que ve la respuesta. Es un mismo movimiento, y es erróneo hablar de conciencia externa e interna. Cuando tenemos conciencia visual del árbol sin ninguna implicación sicológica, no existe división en la relación. Pero cuado hay una respuesta sicológica en torno del árbol, esta respuesta es condicionada; es el recuerdo del pasado, de experiencias pasadas, y esta respuesta es una división en la relación. Esta respuesta es el comienzo de lo que llamaremos el yo y el no-yo en la relación. Así nos situamos en la relación con el mundo. Así creamos al individuo y la comunidad. No vemos el mundo como es, sino en sus variadas relaciones con el yo de la memoria. Esta división es la vida y el florecimiento de todo lo que llamamos nuestro ser sicológico, y de aquí surgen todas las contradicciones y las divisiones. ¿Percibe usted esto claramente? Cuando nos damos cuenta del árbol, no hay evaluación. Pero cuando hay una respuesta al árbol, cuando se juzga con agrado o desagrado, entonces surge una división en esta percepción en términos del yo y del no-yo, del yo que es diferente de la cosa observada. Este yo es la respuesta, en relación, de las memorias y experiencias del pasado. Ahora bien, ¿puede haber una percepción, una observación del árbol, sin que haya juicio alguno, y puede haber una observación de la respuesta, de las reaciones, sin juicio alguno? En esta forma eliminamos el principio de la división, el del yo y del no-yo, tanto al mirar el árbol como al mirarnos a nosotros mismos.

Interlocutor: Estoy tratando de entenderlo. Veamos si estoy en lo correcto. Existe el ser consciente del árbol, y eso lo comprendo. Existe la respuesta sicológica al árbol, y eso también lo comprendo. La respuesta sicológica consiste en recuerdos y experiencias del pasado, en lo agradable y lo desagradable, y esto crea la división entre el árbol y el yo. Sí, creo que comprendo todo eso.

Krishnamurti: ¿Es esto tan claro como el árbol en sí, o se trata simplemente de la claridad de la descripción? Recuerde que, como hemos dicho antes, la cosa descrita no es la descripción. ¿Qué es lo que usted ha captado, la cosa o su descripción?

Interlocutor: Creo que ha sido la cosa.

Krishnamurti: Por lo tanto, no existe el yo, el cual es la descripción cuando vemos este hecho. En el ver cualquier hecho no existe el yo. O existe el yo o el ver; no pueden existir ambos. El yo es no-ver. El yo no puede ver, no puede ser consciente.

Interlocutor: ¿Me permite que interrumpamos la conversación ahora? Me parece que he captado el sentir de todo, pero tengo necesidad de dejarlo que penetre hondamente. ¿Podría volver mañana?

* * *

Interlocutor: Me parece que en realidad he comprendido no sólo verbalmente lo que usted dijo ayer. Existe el ser consciente del árbol, y también la respuesta condicionada del árbol, y también la respuesta condicionada al árbol, y esta respuesta condicionada es conflicto, es la acción de la memoria y de las experiencias del pasado, es lo agradable y lo desagradable, es prejuicio. También comprendo que esta respuesta del prejuicio engendra lo que llamamos el yo, o el censor. Veo claramente que el yo, el mi, existe en toda clase de relación. Ahhora bien, ¿existe un yo que no dependa de relación alguna?

Krishnamurti: Hemos visto lo fuertemente condicionadas que son nuestras respuestas. Su pregunta de si existe un yo que no dependa de la relación, se vuelve especulativa hasta tanto estemos libres de estas respuestas condicionadas. ¿Ve usted esto? Por lo tanto, nuestra primera preguntano es si existe o no existe un yo que no esté afectado por las respuestas condicionadas, sino más bien si la mentem en la cual están incluidos todos nuestros sentimientos, puede estar libre de este condicionamiento, que es el pasado. El pasado es el yo. No hay yo en el presente. Mientras la mente funcione en el pasadom existirá el yo, y la mente es ese pasado, la mente es ese yo.

No podemos señalar en forma separada la mente y el pasado, y decir que son dos cosas distintas. La mente es el pasado, bien se trate de varios días o de diez mil años. Así que la pregunta es: ¿puede la mente misma liberarse del pasado? Pero hay varias cosas envueltas en ello, ¿no es así? En primer lugar, hay una percepción superficial. Luego hay el ser consciente de la respuesta condicionada. Después viene el darse cuenta de que la mente es el pasado, de que la mente es la respuesta condicionada. Entonces está la pregunta de si la mente misma puede liberarse del pasado. Y todo ello es una acción unitaria del (ser consciente) en la cual no hay conclusiones. Cuando decimos que la mente es el pasado, la realización de ello no es una conclusión verbal, sino la percepción real de un hecho. Los franceses usan la palabra constatation para expresar esa percepción de un hecho. Cuando preguntamos si la mente puede estar libre del pasado, ¿es el yo, el censor, que es el propio pasado, el que hace la pregunta?

Interlocutor: ¿Puede la mente liberarse del pasado?

Krishnamurti: ¿Quién hace la pregunta? ¿Es la entidad que es el resultado de muchísimos conflictos, recuerdos y experiencias; o surge la pregunta por sí misma como resultado de la percepción del hecho? Si es el observador el que interroga, entonces está tratando de evadir el hecho, que es él mismo, porque dice: he viviso en solor, en dificultades y en sufrimiento por tanto tiempo, que desearía ir más allá de esta constante lucha. Si hace la pregunta por ese motivo, su respuesta será refugiarse en algún escape. O uno se enfrenta a un hecho, o huye de él. Y tanto la palabra como el símbolo constituyen una huida. El solo hecho de hacer esta pregunta es, en realidad, un escape, ¿no es así? Seamos conscientes de si esa pregunta es o no un escape. Si lo es, es ruido. Si no hay observador, entonces hay silencio; lo cual es una negación completa de la totalidad del pasado.

Interlocutor: Ahora estoy perdido. ¿Cómo puedo eliminar el pasado en unos pocos segundos?

Krishnamurti: Debemos tener presente que estamos hablando del hecho de ser consciente. Ahí está el árbol, y la respuesta condicionada al árbol, que es el yo en relación, el yo, que es el mismo centro del conflicto. ¿Es este yo, el que hace la pregunta, este yo que, según hemos dicho antes, es la estructura misma del pasado? Si la pregunta no es formulada desde la estructura del pasado, o por el yo, entonces no existe estructura alguna del pasado. Cuando es la estructura la que hace la pregunta, está funcionando con relación al hecho de lo que es ella en sí misma, tiene miedo de sí misma y actúa para escapar de sí misma. Cuando no es la estructura la que formula la pregunta, no actúa en relación consigo misma. Recapitulando: ahí está el árbol, ahí está la palabra, que es la respuesta al árbol, que es el censor, o el yo, que viene del pasado; y entonces surge la pregunta: ¿puedo escapar de todo este torbellino y agonía? Si es el yo el que pregunta, está perpetuándose a sí mismo.

Ahora bien, como se da cuenta de eso, ¡no formula la pregunta! Al darse cuenta de ello y de todas sus implicaciones, la pregunta no puede ser formulada. Y no la formula porque ve la trampa. ¿Ve usted entonces que toda esta percepción es superficial? Es la misma percepción que ve el árbol.

Interlocutor: ¿Existe alguna otra clase del ser consciente? ¿Tiene el ser consciente alguna otra dimensión?

Krishnamurti: Repito que debemos tener cuidado, tener muy claro que no estamos haciendo esta pregunta con ningún motivo. Si existe algún motivo, estamos otra vez en la trampa de la respuesta condicionada. Cuando el observador está totalmente silencioso sin que lo hayamos forzado a estar en silencio, surge seguramente una calidad distinta del ser consciente.

Interlocutor: ¿Qué clase de acción puede surgir cualesquiera circunstancias en que no exista el observador? Me refiero a qué cuestión o a qué acción.

Krishnamurti: Repito, ¿está usted haciendo esa pregunta desde esta orilla del río, o desde la otra margen? Si usted estuviera en la otra orilla, no haría la pregunta; si está en esa orilla, su acción será desde allá. Así que hay un ser consciente de esta orilla, con toda su estructura, su naturaleza y todas sus trampas, y el tratar de escapar de la trampa es caer en otra trampa. ¡Y qué monotonía letal hay en todo ello! El ser consciente nos ha revelado la naturaleza de la trampa y, por lo tanto, de ahí surge la negación de todas las trampas, de manera que ahora la mente está vacía del yo y de la trampa. En esta mente hay una calidad distinta y una dimensión distinta del ser consciente. Este darse cuenta no está consciente de que se da cuenta.

Interlocutor: Por Dios, esto es demasiado difícil. Usted dice cosas que parecen ciertas, que suenan como ciertas, pero todavía no he llegado allí ¿Podría expresarlo usted en forma diferente? ¿Puede usted empujarme fuera de mi trampa?

Krishnamurti: Nadie puede sacarlo fuera de su trampa –ningún gurú, ningún maestro, ninguna droga, ningún mantra, nadie, inclusive yo mismo– nadie, especialmente yo. Todo lo que uno puede hacer es ser consciente, sensible, desde el principio hasta el fin, no distraerse en medio del camino. Esta nueva calidad de ser consciente es atención, y en esta atención no existe frontera alguna establecida por el yo. Esta atención es la más alta forma de virtud y, por lo tanto, es amor. Es inteligencia suprema, y no puede existir la atención si no somos sensibles a la estructura y a la naturaleza de estas trampas hechas por el hombre.

La Isla Desierta (Leyenda Oriental).

Para compensar los servicios de un esclavo, cierto acaudalado señor le concedió la libertad. Junto con este don, que es el más apreciado por...